Salgo a fumar. Leo cuidadosamente las instrucciones de lo que se debe hacer en caso de incendio. El calor es sofocante. La superficie de la estación de servicio no reverbera todavía, pero falta poco. De pronto pienso en esas películas en las que un auto llega a una estación en pleno desierto de Arizona, a la siesta: todos sudados, todos malhumorados. Apago el cigarrillo con desdén y vuelvo a la 4.
Un chiquito juega a los tiros en la 3. No tendrá cuatro años. Toma una Mirinda y cliquea matando. Más allá, en la 1, un empleado de Oca, apoyado el mentón en una mano pensativa, navega absorto. La 2 no funciona. Está sin andar de hace días, sin ser reparada.
Calor, entonces. Nikita volvió anoche a casa. La habían encontrado los vecinos, y la tenían en la pieza. Llegué a casa, a eso de las tres, tres y media de la mañana, y la oí maullar. Me puse a llamarla, y fue entonces cuando los vecinos me la devolvieron. Se había escapado la otra noche, y no tengo idea de por dónde habrá andado. Debo haber dejado una silla cerca de una ventana abierta, y se fue a curiosear.
Nikita es mi nueva gata. Debe tener tres meses, y se la pasa hinchando las pelotas. Anoche, mientras dormía, se la agarró contra mi único cactus. Desparramó toda la tierrita, jugó con la maceta, con los cactus. No ordenó nada después.
Piedra Limada enfermó. El sábado tuvo comilona con parientes. Ayer amaneció con un tremendo dolor, como un ataque al hígado. Con mi vieja sospechamos que es la vesícula. Anoche lo estuve cuidando. Llegué al galpón, lo encontré echado en la cama, vestido. No toleró quitarse las zapatillas. Cuestión de orgullo (como preferir morirse vestido, listo para el cajón.) Era un anciano dolorido. Se entredormía y en sueños se quejaba de a ratos, lastimeramente. Dormía boca arriba, roncando levemente. ¿Irá al médico? Hace más de un año que tiene un dolor en una de sus rodillas, dolor que por momentos es intolerable, y no va al médico.
Aparte. El nenito que está acá al lado le comunica a los gritos al padre que jugará a un juego que a este último no le gusta. Seamos mayores de edad para asesinar.
28/12/2009
27/12/2009
Llegó Nikita (próximo post)
"¿Voy al baño y vuelvo?", le aviso a la que atiende, acá en la Estación de Agustín Garzón y San Jerónimo, mientras veo cómo ella termina de preparar dos hamburguesitas para un gordo tremendo de remera y pantalón negros, anchísimos. "Síii...", entona ella, sin desviar su mirada de las hamburguesas. Ya confía en mí: anoche vine, y estuve más de una hora navegando.
Salgo, meo brevemente, vuelvo. El gordo tremendo está subiéndose a un remis estacionado a la entrada del drugstore. (Nunca digo "drugstore", pero busqué la palabra precisa; el bar de la estación habría sido más natural.) Vuelvo y me siento a la 3, mi compu; y de mi remera verde con motivos bastante desdibujados ya de las figuras de Nazca se desprende un vaho a sudor vencido, sudor de dormir seis horas a la tarde, con el calor que hacía, de remera.
Tomo una coca. Al volver del baño vi la no muy densa pero sí apreciable nube de insectos que copaba los faros centrales de la estación. Está nublado, creo que desde ayer, y el calor navega y nada por debajo de las nubes, y nos pegotea las ropas, y hace que deseemos bañarnos una vez más con agua fría, que por minutos bastante caliente sale, cuando hay sol. (Menos de veinte pesos por el gas, esta vuelta.)
Calor, entonces. El barcito de la estación, tiene, sí, su aire acondicionado, y se lo recuerdo a la chica cuando hablamos del calor; pero ella me recalca lo que es estar trabajando con el horno a full. Cada uno, su pesar; "nadie está conforme con lo que le tocó", cantó Silvio.
(Silvio. Sus canciones, que me emocionaban. Por puro amor enceguecido. Escucharlo, ahora, como repasando un marco de lo que fue, un sitio sin nadie ahora. Silvio, con sus rimas y décimas, con su voz finita, con su épica certera y su lírica amorosa arrasadora, sigue componiendo. A una ex-novia mía su padre le dijo, en pleno cumpleaños, que Silvio se había suicidado. "Ya no podremos creer en nada más", algo así me decía la Cuqui, mientras me miraba con ojos vidriosos, vidriosos también por las cervezas. Pero era otoño.)
No hay música en el barcito. La cafetera sopla de continuo, y la iluminación, penetrante, me enfrenta a una pared pintada de una especie de rojo. La Navidad ha pasado quemándome la UCP de la computadora y trayéndome un "chanchito" (dícese del equipito musical accesible, de forma y tamaño característicos) en compensación. Antes de venir, salí al patiecito central, con una de las sillas verdes (cuyo respaldo está remendado con piolín), la mesa ratona de la Abuela Mecha, agua helada (en lo posible), un vaso y los implementos de fumar. Puse Argentino Ledesma en el chanchito y me puse a mirar la noche. Las últimas lluvias habían quemado el foquito de afuera, así que todo yacía en una suave oscuridad, "y el espíritu de Jehová se cernía sobre las aguas"...
Al rato salieron los vecinos. Se iban a lo de la madre de la Nelly, y partieron como llevados por algo. Ledesma cantaba "Fosforeras, fosforeras...", y yo me deprimía de a poco. Ya había leído demasiado Bayer, ya había releído el librito de Ceferino Lisboa, ya sólo quería estar conmigo y tener, por fin, un pensamiento vacío, transparente, quieto, en lo posible sin ecos. La melancolía de los tangos no me embargaba. Y pensé: "ya no escribo; ya quedó atrás la poesía".
Algo queda: bajo el calor agobiante, saber del panorama de insectos bajo el foco de la estación, como un enjambre inhumano cuyos caparazones brillan y que secretan breves jugos que pronto se secan. No mucho más.
Salgo, meo brevemente, vuelvo. El gordo tremendo está subiéndose a un remis estacionado a la entrada del drugstore. (Nunca digo "drugstore", pero busqué la palabra precisa; el bar de la estación habría sido más natural.) Vuelvo y me siento a la 3, mi compu; y de mi remera verde con motivos bastante desdibujados ya de las figuras de Nazca se desprende un vaho a sudor vencido, sudor de dormir seis horas a la tarde, con el calor que hacía, de remera.
Tomo una coca. Al volver del baño vi la no muy densa pero sí apreciable nube de insectos que copaba los faros centrales de la estación. Está nublado, creo que desde ayer, y el calor navega y nada por debajo de las nubes, y nos pegotea las ropas, y hace que deseemos bañarnos una vez más con agua fría, que por minutos bastante caliente sale, cuando hay sol. (Menos de veinte pesos por el gas, esta vuelta.)
Calor, entonces. El barcito de la estación, tiene, sí, su aire acondicionado, y se lo recuerdo a la chica cuando hablamos del calor; pero ella me recalca lo que es estar trabajando con el horno a full. Cada uno, su pesar; "nadie está conforme con lo que le tocó", cantó Silvio.
(Silvio. Sus canciones, que me emocionaban. Por puro amor enceguecido. Escucharlo, ahora, como repasando un marco de lo que fue, un sitio sin nadie ahora. Silvio, con sus rimas y décimas, con su voz finita, con su épica certera y su lírica amorosa arrasadora, sigue componiendo. A una ex-novia mía su padre le dijo, en pleno cumpleaños, que Silvio se había suicidado. "Ya no podremos creer en nada más", algo así me decía la Cuqui, mientras me miraba con ojos vidriosos, vidriosos también por las cervezas. Pero era otoño.)
No hay música en el barcito. La cafetera sopla de continuo, y la iluminación, penetrante, me enfrenta a una pared pintada de una especie de rojo. La Navidad ha pasado quemándome la UCP de la computadora y trayéndome un "chanchito" (dícese del equipito musical accesible, de forma y tamaño característicos) en compensación. Antes de venir, salí al patiecito central, con una de las sillas verdes (cuyo respaldo está remendado con piolín), la mesa ratona de la Abuela Mecha, agua helada (en lo posible), un vaso y los implementos de fumar. Puse Argentino Ledesma en el chanchito y me puse a mirar la noche. Las últimas lluvias habían quemado el foquito de afuera, así que todo yacía en una suave oscuridad, "y el espíritu de Jehová se cernía sobre las aguas"...
Al rato salieron los vecinos. Se iban a lo de la madre de la Nelly, y partieron como llevados por algo. Ledesma cantaba "Fosforeras, fosforeras...", y yo me deprimía de a poco. Ya había leído demasiado Bayer, ya había releído el librito de Ceferino Lisboa, ya sólo quería estar conmigo y tener, por fin, un pensamiento vacío, transparente, quieto, en lo posible sin ecos. La melancolía de los tangos no me embargaba. Y pensé: "ya no escribo; ya quedó atrás la poesía".
Algo queda: bajo el calor agobiante, saber del panorama de insectos bajo el foco de la estación, como un enjambre inhumano cuyos caparazones brillan y que secretan breves jugos que pronto se secan. No mucho más.
08/12/2009
Testigos
Prendí un cigarrillo, una colilla. Me puse un pantalón y abrí la puerta. Ahí estaba el Testigo, inmutable, sonriente. ¿Pasaba porque es el día de la Virgen? Le recibí el folleto. Despachó rápido y continuó con los otros departamentos de La Vecindad.
Iba mejor vestido que muchos de sus colegas locales. Camisa celeste, como a veces se los ve en las producciones fotográficas de sus publicaciones. Bien peinado, sonrisa neutra, todo un empresarito de las almas.
Leí un poco el folleto. Flor de diseños a los que apelan. Claridad expositiva, muy correcta diagramación. Color de fondo: papiro nuevo. Naranja arena desierto.
(Pero yo espero a que sea Vicky la que caiga. Con su falda, con sus caderas, con su pecho rebosante y toda su edad apenas maduradita. Para decirle, confesarle: "sí, dame tu cursito semanal, vení de nuevo, así te preparo mate, así me hablás de tu perrito entre Isaías y Hechos, así vuelvo a hacer que te sigo, así te me declaro".)
Iba mejor vestido que muchos de sus colegas locales. Camisa celeste, como a veces se los ve en las producciones fotográficas de sus publicaciones. Bien peinado, sonrisa neutra, todo un empresarito de las almas.
Leí un poco el folleto. Flor de diseños a los que apelan. Claridad expositiva, muy correcta diagramación. Color de fondo: papiro nuevo. Naranja arena desierto.
(Pero yo espero a que sea Vicky la que caiga. Con su falda, con sus caderas, con su pecho rebosante y toda su edad apenas maduradita. Para decirle, confesarle: "sí, dame tu cursito semanal, vení de nuevo, así te preparo mate, así me hablás de tu perrito entre Isaías y Hechos, así vuelvo a hacer que te sigo, así te me declaro".)
03/12/2009
Floreros
Me desperté a las seis de la tarde. Catorce o dieciséis horas de sueño (no las conté) me dejaron hecho una sedita: mejor que el sexo. Tomé a las apuradas un poco de agua fría. Uno de los estribillos de la narradora, a la que le basta simplemente enunciarlo para generar complicidad, es "el agua helada del fumador". La dispone en una jarra de metal, que ocupa un lugar preponderante en su heladera y que me gustaría que fuera mía, petisa y gordita como es, parecida a la dueña. Hace un tiempo que no la veo a la narradora. ¿Tendrá alguna nueva muerte que contarme? Porque ella disfruta de las necrológicas, y ríe y llora al comentar las diversas historias, marcando el relato con muecas de ominosidad que ya no me incomodan y que ahora considero hábilmente engarzadas. Tal ya está pidiendo pista, tal otro partió a devolver el envase: la Muerte, al contrario de lo que nos hacen creer los suplementos literarios, es tema omnipresente de toda comadre de barrio que se precie.
En todo caso, estaba sin cigarrillos. Tomé dos lithiun y un olane XR con el estómago vacío y evité la suave arcada que al tiempito llegó. Partí a comprar puchos y luego, ya en casa, desayuné: habían quedado algunos criollos de anteayer que estuvo Tal Gabu, y mastiqué algunos pasándolos con más agua helada. Procedí a comenzar a atabacarme. Todo: frente el monitor insomne.
(Es curioso: el monitor generalmente es "insomne" en el caso de que nosotros lo estemos. Debe ser que ahora son las dos de la mañana pasadas, que afuera es de noche ya de hace rato, que lo único que se oye es el meditar de la heladera, siempre variado.)
Después de intentar retomar El ser y la nada (de algo hay que morir, narradora), me fui a lo de Piedra Limada. Encontré el portón abierto, por lo que toqué timbre y entré. Al frente estaban los inquilinos, como despulgándose (es una imagen; pero los creo bien capaces): pachorra elemental del matrimonio y el cuñado, haciendo las horas de la tardecita a la sombra del muro. Pasé al fondo. Piedra Limada estaba con un tipo de mameluco que pronto se fue, y ahí nos dimos los dos a nuestra conversación variopinta de todos los días: a quién has visto, qué sabés de, primero, para luego hablar desde el lenguaje: rimas eternas y estúpidas con las que nos divertimos, sexo y recuerdos entremezclados, pasar el tiempo de un modo dicharachero y contumaz. Nuevamente me olvidé de alcanzarle el tomito que tengo de Nicolás Olivari. Me pregunto qué pensará de ese poeta patético que se deleita redactando (porque los redacta) pobres versos a partir de pobres heces, pobres desechos, pobres cosas.
Por eso, por lo que en los viejos libros se llama "espíritu de contradicción", al llegar a casa, y luego de lastrarme cinco buenas empanadas árabes que me agencié en el nuevo delivery baratongo que han abierto en la otra cuadra -era la medianoche-, abrí Olivari y leí.
¡Por el can! ¡Qué pedazo de porquería! El ritmo de los versos de estos poemas me revuelve el estómago. Me molesta que rime y que, por rimar, el ritmo de muchos de sus versos se vaya al carajo.
Habitualmente cada verso de Olivari presenta unidad gramatical, pero a veces escribe CUALQUIERA sólo por mor de la rima. Qué le habrá visto Güiraldes, que en su momento lo respaldó. Es feísta mal, el guaso: ésa es mi definición. Díganme nomás que tengo que situarme en la época. No, gracias; no quiero contemporizar (sí, elijo ese verbo) con el poeta. No quiero ser parte de la estafa de la crítica.
Estoy siendo tajante quizá de más, pero me parece que Olivari es un choto que la crítica rescató porque hablaba de la mala vida. La prosopopeya de sus versos es empalagosa, y eso hace que se vuelva bien rápidamente viejo. Prefiero mil veces a Paula Jiménez -¿cómo no preferirla, si escribe bien?-, aunque me pregunto si ella también, con el correr del tiempo, caducará, precisamente por la temática. No hablo de todo ella: apenas la he leído, pero su "La mala vida" la tiene infinitamente más clara.
En fin, no voy a hablar más de él. Hablar con claridad y precisión de Olivari (o de cualquiera) implicaría estudiarlo, y yo no estoy en hacer estudios de nada ni de nadie. En fin, convengo en que es un libro para otros: para Piedra Limada, por ejemplo.
(Yo que pensaba estar escribiendo un post más o menos rescatable, y el recuerdo de ese guaso me empaña el texto, me lo embola).
Me levanté de la cama, dejando caer el libro a un lado (tenía las piernas levantadas, apoyadas en una mesa ratona un poco alta, porque me duelen), y me vine a la máquina. Y me encontré con un buen mail de Kuy, quien, vaya a saber desde dónde en Buenos Aires, me contesta a uno mío de ayer. Tuvo la delicadeza de enviarme, antes, un texto, parte de algo que está escribiendo. Lo comentamos, y me puse a pensar en lo imperdonable en cada quien: eso que repetimos ciegamente en lo que escribimos, eso que nos gusta volver a oír de nuestros propios labios, y que será (eso, no otra cosa) lo que finalmente llegue a los otros, si es que nuestros textos duran. Y que es imperdonable, con lo que se vuelve ítem apto para la memoria.
Me gustaría saber cómo se llama el insectito verde chiquito que se extasía y brinca en la pantalla del monitor, sin poder abandonarlo. Mejor que el sexo.
En todo caso, estaba sin cigarrillos. Tomé dos lithiun y un olane XR con el estómago vacío y evité la suave arcada que al tiempito llegó. Partí a comprar puchos y luego, ya en casa, desayuné: habían quedado algunos criollos de anteayer que estuvo Tal Gabu, y mastiqué algunos pasándolos con más agua helada. Procedí a comenzar a atabacarme. Todo: frente el monitor insomne.
(Es curioso: el monitor generalmente es "insomne" en el caso de que nosotros lo estemos. Debe ser que ahora son las dos de la mañana pasadas, que afuera es de noche ya de hace rato, que lo único que se oye es el meditar de la heladera, siempre variado.)
Después de intentar retomar El ser y la nada (de algo hay que morir, narradora), me fui a lo de Piedra Limada. Encontré el portón abierto, por lo que toqué timbre y entré. Al frente estaban los inquilinos, como despulgándose (es una imagen; pero los creo bien capaces): pachorra elemental del matrimonio y el cuñado, haciendo las horas de la tardecita a la sombra del muro. Pasé al fondo. Piedra Limada estaba con un tipo de mameluco que pronto se fue, y ahí nos dimos los dos a nuestra conversación variopinta de todos los días: a quién has visto, qué sabés de, primero, para luego hablar desde el lenguaje: rimas eternas y estúpidas con las que nos divertimos, sexo y recuerdos entremezclados, pasar el tiempo de un modo dicharachero y contumaz. Nuevamente me olvidé de alcanzarle el tomito que tengo de Nicolás Olivari. Me pregunto qué pensará de ese poeta patético que se deleita redactando (porque los redacta) pobres versos a partir de pobres heces, pobres desechos, pobres cosas.
Por eso, por lo que en los viejos libros se llama "espíritu de contradicción", al llegar a casa, y luego de lastrarme cinco buenas empanadas árabes que me agencié en el nuevo delivery baratongo que han abierto en la otra cuadra -era la medianoche-, abrí Olivari y leí.
¡Por el can! ¡Qué pedazo de porquería! El ritmo de los versos de estos poemas me revuelve el estómago. Me molesta que rime y que, por rimar, el ritmo de muchos de sus versos se vaya al carajo.
Habitualmente cada verso de Olivari presenta unidad gramatical, pero a veces escribe CUALQUIERA sólo por mor de la rima. Qué le habrá visto Güiraldes, que en su momento lo respaldó. Es feísta mal, el guaso: ésa es mi definición. Díganme nomás que tengo que situarme en la época. No, gracias; no quiero contemporizar (sí, elijo ese verbo) con el poeta. No quiero ser parte de la estafa de la crítica.
Estoy siendo tajante quizá de más, pero me parece que Olivari es un choto que la crítica rescató porque hablaba de la mala vida. La prosopopeya de sus versos es empalagosa, y eso hace que se vuelva bien rápidamente viejo. Prefiero mil veces a Paula Jiménez -¿cómo no preferirla, si escribe bien?-, aunque me pregunto si ella también, con el correr del tiempo, caducará, precisamente por la temática. No hablo de todo ella: apenas la he leído, pero su "La mala vida" la tiene infinitamente más clara.
En fin, no voy a hablar más de él. Hablar con claridad y precisión de Olivari (o de cualquiera) implicaría estudiarlo, y yo no estoy en hacer estudios de nada ni de nadie. En fin, convengo en que es un libro para otros: para Piedra Limada, por ejemplo.
(Yo que pensaba estar escribiendo un post más o menos rescatable, y el recuerdo de ese guaso me empaña el texto, me lo embola).
Me levanté de la cama, dejando caer el libro a un lado (tenía las piernas levantadas, apoyadas en una mesa ratona un poco alta, porque me duelen), y me vine a la máquina. Y me encontré con un buen mail de Kuy, quien, vaya a saber desde dónde en Buenos Aires, me contesta a uno mío de ayer. Tuvo la delicadeza de enviarme, antes, un texto, parte de algo que está escribiendo. Lo comentamos, y me puse a pensar en lo imperdonable en cada quien: eso que repetimos ciegamente en lo que escribimos, eso que nos gusta volver a oír de nuestros propios labios, y que será (eso, no otra cosa) lo que finalmente llegue a los otros, si es que nuestros textos duran. Y que es imperdonable, con lo que se vuelve ítem apto para la memoria.
Me gustaría saber cómo se llama el insectito verde chiquito que se extasía y brinca en la pantalla del monitor, sin poder abandonarlo. Mejor que el sexo.
18/11/2009
Howland
Llovió, lloverá, Inx. Me desperté transpirado, quirquincho blando la nuca; acá en Córdoba brama a lo lejos el trueno. Abro la ventana al patiecito central -está a oscuras-, y veo las lajas todas mojadas, y una suave lluvia, que sigue cayendo. La cañería de los vecinos borbotea sin pausas, el ventilador distribuye el aire fresco que entra por la ventana, y ningún auto pasa por la calle. Ahora la intensidad de la lluvia crece, no mucho, y los truenos lentos, que se desparraman a lo largo del cielo, de sus nubes, vuelven a hacerse sentir.
Soy provinciano. Recuerdo muchos campamentos en las sierras; algo que no se repetirá, no fácilmente: estoy pesando casi 95 kilos, y levantarme del suelo está cada vez más áspero. Tampoco es que me la pase ahí tirado, despatarrado, Inx, no; pero aún quiero ser joven, quiero sentarme en las paradas, o atarme con chetura (otros dirán: con prestancia) los cordones, y ya cuesta. Más allá de eso: qué daría por sentir, ahora mismo, el aroma de una noche serrana, llovida, sin luces de ciudad, cobijado en alguna tapera.
Prendo un pucho. Te cuento que esta tarde me agencié Oda, de Fabián Casas. No dejaban de nombrar a este tipo en Diario de poesía, así que me lo compré. Precio: 32 (pero el librero me lo bajó a 30; debe ser que le compré Godino, hace cosa de diez días). Lo leí un par de veces, y pienso revisarlo cada tanto, porque quedé encantado con lo que trae: escenas continuas de una ciudad que por momentos dejan entrever un cariño parco pero palpable por lo que nombra.
Quizá me engaño, pero eso me sorprendió: una mirada feliz. No conforme, sino como que plena, o sin falsetes. Algo que escasea en mis versos, en los que, por el contrario, priman la pena, el malestar, la incomodidad.
Lección: no arruinar las cosas más de lo que ya lo están. ¿Será así? En realidad, lo que digo es bastante cosa de viejo, y quizá no sea necesario, aunque sí sensato. Y lo sensato... De todos modos, por estos días y por otra parte, no hay fuerza, en mí, para escribir nada. Nada debe ser dicho, por más que me embole. ¿La gratuidad? Una cartita para vos, colada aquí, en la ilusión de que quizá merezca hacerte parte de estas cosas. Vos disponé.
Soy provinciano. Recuerdo muchos campamentos en las sierras; algo que no se repetirá, no fácilmente: estoy pesando casi 95 kilos, y levantarme del suelo está cada vez más áspero. Tampoco es que me la pase ahí tirado, despatarrado, Inx, no; pero aún quiero ser joven, quiero sentarme en las paradas, o atarme con chetura (otros dirán: con prestancia) los cordones, y ya cuesta. Más allá de eso: qué daría por sentir, ahora mismo, el aroma de una noche serrana, llovida, sin luces de ciudad, cobijado en alguna tapera.
Prendo un pucho. Te cuento que esta tarde me agencié Oda, de Fabián Casas. No dejaban de nombrar a este tipo en Diario de poesía, así que me lo compré. Precio: 32 (pero el librero me lo bajó a 30; debe ser que le compré Godino, hace cosa de diez días). Lo leí un par de veces, y pienso revisarlo cada tanto, porque quedé encantado con lo que trae: escenas continuas de una ciudad que por momentos dejan entrever un cariño parco pero palpable por lo que nombra.
Quizá me engaño, pero eso me sorprendió: una mirada feliz. No conforme, sino como que plena, o sin falsetes. Algo que escasea en mis versos, en los que, por el contrario, priman la pena, el malestar, la incomodidad.
Lección: no arruinar las cosas más de lo que ya lo están. ¿Será así? En realidad, lo que digo es bastante cosa de viejo, y quizá no sea necesario, aunque sí sensato. Y lo sensato... De todos modos, por estos días y por otra parte, no hay fuerza, en mí, para escribir nada. Nada debe ser dicho, por más que me embole. ¿La gratuidad? Una cartita para vos, colada aquí, en la ilusión de que quizá merezca hacerte parte de estas cosas. Vos disponé.
25/10/2009
Al paso del tiempo nada
tienes un mejor lugar
quieres un mejor dormir
ya no tienes cuenta en el Sol
Mientras empiezo a escuchar el primer cd del doble de Spinetta y Los Socios, al frente el vecino y los amiguitos de siempre siguen el Boca-River de hoy. Vengo de leer algunos articulitos de una recopilación de Bayer, y nada me queda en la mente sino que la historia sigue siendo la misma de siempre. Sí: muchos datos, mucha precisión, mucha cita. Horror distribuido, el de la información, de un tono ecuánime que hace que el asunto empeore y al mismo tiempo se disfrace. Chico Buarque cantará siempre su canción-misiva.
Prendo un pucho. Recuerdo a Amigo: sus senos turgentes, su pelito corto, su voz chillona y suave a la vez, qué raro. Estuve en Buffis tres veces esta semana, y me colgué cada vez más. Resultado: nada pasará, cambiaré finalmente de bar, delirio de las mozas/Musas. Porque la cerveza es mejor así, en mesas de contemplar gente pasar, de fumar en mesitas al aire libre, de acomodarse al paso del tiempo nada, pasatismo tranquilo.
Mi amiga me confirmó que sus sospechas de que andaba sidótica las elaboró en un cuelgue de lectura en la red. Tendría, por las dudas, que hacerme un análisis, esperar el resultado, no volver a apasionarme en la cama. Fue una buena discusión: ella, contraatacando, y yo, dándome cuenta de su técnica, volvía a centrar la deriva de palabras enojadas e impotentes. Total, sería gracioso que por media noche de sexo drogón me encontrara siendo posmoderno total.
Termina una canción y escucho los gritos de al lado. Qué bueno no tener televisor. Aunque la primera Paula afirme que me quedé "fuera del sistema" (sic), sé que voy bien. Total, miro, cuando paso por lo de Piedra Limada, cada día más extrañado las emisiones, todo Tinelli, todo la fama de los 15 minutos y menos tiempo aún, todo la publicidad de lo que tenés que tener, llame yá. Total, las grandes cuestiones de la política y de la economía no se discuten por tele, y la cultura que por ahí pasan se clasifica en términos de entretenimiento.
Domingo sin escansión, pero es canción ("¿serás tú mi magnolia para siempre?"). Hace dos días se levantaron tremendas ráfagas de viento terroso. Yo estaba en la Alianza, y cuando, en la pausa, salí a fumar un pucho, vi en la calle pasar a gente que entrecerraba los ojos y se los refregaba, y a mí me tocó también.
La gente en la calle. En el centro camina muy rápido; en el barrio, paseándose. El centro es lugar de paso, de trabajo, de oficio. Sólo la noche trae otro andar: salen los chicos (salen las chicas), se visten para seducir, para calentar, para histeriquear, tienen su plata contada y saben lo que pueden y lo que no. Gran promesa vacía, la noche: y en ese vacío, en ese girar como mariposas hacia la luz, se condensa un sentido de todas estas épocas y sitios. Yirar de luz.
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21/10/2009
Y en busca de qué
Chateamos con Franco sobre nada. Franco se aburre: nada le interesa. Por ahí se generan silencios, y me lo imagino sin imaginarme, él, un rato más, sólo un rato más, para llenar el vacío. ¿Es vacío? ¿O es una insoportable apatía -sus vacaciones- que ara libros, que ara silencios, que ara mates? Eso fue ayer; y es como si dijera, con el anglosajón, mañana será lo mismo.
Ayer le preguntaba a Marcos si conocía a Godowsky. Tengo un único track de él, de un cd de una revista de muestras de novedades -"de"-, gallega, ella, un estudio o lo que fuere, a partir de Chopin. Me fascina. Como sé que mi amigo es de escuchar música clásica (allá en Atenas, ahora, en un barrio que me dice que más o menos equivale a Nueva Córdoba), se lo comento, lo invito a buscar, a pispear a través de la red o en alguna góndola. A vuelta de mail, me envía un site sobre el compositor. Veo las fotos. Aire francés de esa época, el de su peinado, el de su vestimenta. Acá está fresco, estoy en calzoncillos.
Una amiga me asegura que es posible que tenga sida. Claro que es posible, amiga. Cuando le empiezo a preguntar, vía sms, si es que se lo dijo el doc -está haciéndose estudios-, o si simplemente se colgó con algo encontrado en internet -hipocondría, ven a mí-, se desentiende, no contesta. ¿Y por qué no cáncer, o la lepra, che?
Fumo. Marcos me ha dicho que haga de estas Anotaciones -las últimas, digo- algo más elaborado, más armado, narraciones completas. No está mal la idea, aunque por ahora vienen saliendo así. ¿Las verá desestructuradas, las encontrará desordenaditas? Justo cuando logro que estas Anotaciones sean verdaderas anotaciones...
Fumo. Del pasaje se siente un perro. Pasa una moto, no sé por dónde, y luego un auto silente, por acá por el frente del depto. Un vientito arrastra un toque una bolsa de nylon -¿o es la gata?- tirada en el suelo de hace días. Se esparce con precisión el humo que se desprende del pucho, luego se deshace, no lo vemos más. Canta un pajarito breves gorjeos, o son dos, que se comentan las cosas de la mañana. La duración.
Ayer le preguntaba a Marcos si conocía a Godowsky. Tengo un único track de él, de un cd de una revista de muestras de novedades -"de"-, gallega, ella, un estudio o lo que fuere, a partir de Chopin. Me fascina. Como sé que mi amigo es de escuchar música clásica (allá en Atenas, ahora, en un barrio que me dice que más o menos equivale a Nueva Córdoba), se lo comento, lo invito a buscar, a pispear a través de la red o en alguna góndola. A vuelta de mail, me envía un site sobre el compositor. Veo las fotos. Aire francés de esa época, el de su peinado, el de su vestimenta. Acá está fresco, estoy en calzoncillos.
Una amiga me asegura que es posible que tenga sida. Claro que es posible, amiga. Cuando le empiezo a preguntar, vía sms, si es que se lo dijo el doc -está haciéndose estudios-, o si simplemente se colgó con algo encontrado en internet -hipocondría, ven a mí-, se desentiende, no contesta. ¿Y por qué no cáncer, o la lepra, che?
Fumo. Marcos me ha dicho que haga de estas Anotaciones -las últimas, digo- algo más elaborado, más armado, narraciones completas. No está mal la idea, aunque por ahora vienen saliendo así. ¿Las verá desestructuradas, las encontrará desordenaditas? Justo cuando logro que estas Anotaciones sean verdaderas anotaciones...
Fumo. Del pasaje se siente un perro. Pasa una moto, no sé por dónde, y luego un auto silente, por acá por el frente del depto. Un vientito arrastra un toque una bolsa de nylon -¿o es la gata?- tirada en el suelo de hace días. Se esparce con precisión el humo que se desprende del pucho, luego se deshace, no lo vemos más. Canta un pajarito breves gorjeos, o son dos, que se comentan las cosas de la mañana. La duración.
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19/10/2009
Donde, mira por dónde, empieza en Pepper y acaba en Rescher
Humor inagotable, el de Pepper. Vida ejemplar: la eterna campera de cuero, el infaltable puchito, heroína por una década -y ya de grandecito-, la cárcel. Su rostro, pose, estampa tan particulares: bares y la noche, soledad y la desazón, y, con todo, un ironizar permanente en esa música. ¡Y "Lost Life"...!
(Aparte. Mi muy estimado vecino, el Diego -¿honor a Maradona?-, puesto se había, con los dos amiguitos de siempre, a jugar un fulbito en el patio común. Pelotazos en las rejas de mis dos ventanas, gritos, risas, prepeadas amistosas; y la pelota, al techo.)
Leo la Antología, fumo irregularmente. Todo el día con libros: terminé de leer el de Bayer sobre Di Giovanni, continué con el manual. Proceso curioso, el del Canadá francés, el de Quebec: en tanto primera minoría, allá (a confirmar), los francófonos (¿y qué habrán hecho los autóctonos?: nada de sus lenguas se dice, o por lo menos hasta ahora -la 101- no), si mal no entiendo cómo es la cosa al norte del Norte.
Por la mañana, fui a lo de Piedra Limada, a manguearle algunos pesos. Al vago últimamente se lo nota más feliz que de costumbre; quiero decir: menos chinchudo (¡uf!). Planea comprarse un auto último modelo, y así, por fin, viajar rumbo a Misiones. ¿Qué le llama de ese lugar? (No provincia, no ciudad: el sitio.) ¿Los parientes que quedan de la tía? ¿Alguna viuda? ¿El paisaje? ¿La soledad prometida, el alejarse de todo esto ya: de Córdoba y su malhadada hija, de todos nosotros? Amenaza, amenaza, el viejo y decrépito pero aún lozano Rey.
Un trío sin piano: saxo, bajo y bata. La cerveza, hoy, se porta. Caminé tipo siete, hasta las vías, ida y vuelta, media horita, como para empezar, de nuevo, a hacer el recomendado ejercicio, doc. Las pastillas, la cerveza, el qué, me tienen desventrado feo mal. Pero está agradable la vida. Hace días que no escucho la radio. Para mañana y pasado decían de que hiciéramos huelga, quiero decir, no usar bondis, lo propalaban... Iniciativa "ciudadana" que malicio, claro, digitada. Como sabe decir Rescher: cada quien lleva agua a su propio molino (en este caso: político). Pero no sé. Y qué buen termo, Pepper.
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18/10/2009
Contramantra
Toda la tarde con la Anthologie de la littérature québéquoise, leyendo ociosamente redacciones accesibles, cuadros de síntesis, selecciones de textos "representativos" (pero, Tam!, cómo no lo van a ser, qué inquina cultural, tenías que ser un leído), y preguntas y ejercicios para los chicos del norte lejano, tierra que no conoceré, pongamos.
Tengo un llavero de metal de por allá, regalo de un tío, que me contaba cómo andaba interminablemente en tren, de oeste a este o al revés; y por qué Canadá, por qué eligió ese país para hacer turismo, y no hace tanto, qué curiosidad.
Tomo ya mi cerveza-nochecita, fumo mi Philip Morris, le doy, una vez más, a Perros locos. La Molas es tía del Azul, y me retrotraigo en el tiempo para recordar cuando me trató de borrachín, hace muchos años ya, en el Paseo, encuentro casual, y éramos de un mismo ambiente, difuso y personal. Cuando escuché el disco en lo del Ger, le decía que me parecía una voz un poco fría, un poco "sin alma", como sabe decir Tim. Gerardo me destacaba la producción, los musicazos. Claro: lo escuchábamos en su tortuguita, y pocos detalles podían ser percibidos. Pero me lo prestó, y ahora, en el equipito, le escucho cada vez más la fruición posible. Como una calidez tranquila. Porque, sí, la voz de la Molas avanza cuidando cada detalle en la melodía, matizando, ardiendo lentamente, en el rescoldo.
Noche de niñitos, anoche. Juro que vi bolichear, cuatro de la mañana, a una nenita de diez años, pintarrajeada y ataviada a lo flogger. Ya nos batíamos en retirada, con el Ger, ante tanto espectáculo. Pero vino, salvador, un culo hermoso, enfundado en un jean negro que bien lo resaltaba -¿cómo decía Spinetta?: ¿"tengo envidia de ese jean / que sujeta para sí"?-, a sentarse al lado de mi rostro. Por eso, por lo demás. Por la estética de la mirada que deambula cuerpos vestidos, contacto a la distancia, intactos, a distancia.
Aparece la primera Pau, hecha una furia, en el chat, luego de haber sido saludada hace por lo menos una hora. No puede concebir que entre en contacto con ella, que le ponga "hola". Discutimos, pone mayúsculas, se tara. Su día de la madre termina mal. Me deja adrenalina latiendo. Escucho a la Molas en una triste canción, nada resuelto. Daño que nos hacemos los humanos, regusto por ensañarse, nada de pena, pena, algo de pena, nada.
Tenía que ser así, tarde tormentosa; algún rayo que se descargó.
Tengo un llavero de metal de por allá, regalo de un tío, que me contaba cómo andaba interminablemente en tren, de oeste a este o al revés; y por qué Canadá, por qué eligió ese país para hacer turismo, y no hace tanto, qué curiosidad.
Tomo ya mi cerveza-nochecita, fumo mi Philip Morris, le doy, una vez más, a Perros locos. La Molas es tía del Azul, y me retrotraigo en el tiempo para recordar cuando me trató de borrachín, hace muchos años ya, en el Paseo, encuentro casual, y éramos de un mismo ambiente, difuso y personal. Cuando escuché el disco en lo del Ger, le decía que me parecía una voz un poco fría, un poco "sin alma", como sabe decir Tim. Gerardo me destacaba la producción, los musicazos. Claro: lo escuchábamos en su tortuguita, y pocos detalles podían ser percibidos. Pero me lo prestó, y ahora, en el equipito, le escucho cada vez más la fruición posible. Como una calidez tranquila. Porque, sí, la voz de la Molas avanza cuidando cada detalle en la melodía, matizando, ardiendo lentamente, en el rescoldo.
Noche de niñitos, anoche. Juro que vi bolichear, cuatro de la mañana, a una nenita de diez años, pintarrajeada y ataviada a lo flogger. Ya nos batíamos en retirada, con el Ger, ante tanto espectáculo. Pero vino, salvador, un culo hermoso, enfundado en un jean negro que bien lo resaltaba -¿cómo decía Spinetta?: ¿"tengo envidia de ese jean / que sujeta para sí"?-, a sentarse al lado de mi rostro. Por eso, por lo demás. Por la estética de la mirada que deambula cuerpos vestidos, contacto a la distancia, intactos, a distancia.
Aparece la primera Pau, hecha una furia, en el chat, luego de haber sido saludada hace por lo menos una hora. No puede concebir que entre en contacto con ella, que le ponga "hola". Discutimos, pone mayúsculas, se tara. Su día de la madre termina mal. Me deja adrenalina latiendo. Escucho a la Molas en una triste canción, nada resuelto. Daño que nos hacemos los humanos, regusto por ensañarse, nada de pena, pena, algo de pena, nada.
Tenía que ser así, tarde tormentosa; algún rayo que se descargó.
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17/10/2009
Como que transparencia
Tranquilidad de sábado a las siete. A lo lejos, la "endiablada chillería de chiquillos" de Jiménez: ¿a qué juegan? Pasa un auto cansino, acelera al superar la cuesta. Se siente de a ratos un ave, gorjeo como lluviecita.
La Marce cae cuando justo se estaba yendo mi vieja. Viene con el djembito, viene con su flequillo elemental, viene trepando la cuesta, piensa en nada. Nos saludamos. Charlamos, cocinamos: está muerta de hambre. Si hasta se compró, en lo de Belén, $2,00 de aceituna, y la vaga subía por la vereda mascullando un carozo, que se quitó morosamente de la boca para saludar.
Y cocinamos: milanesas, ensalada Tejedor. Estamos chochos: no nos salió mala la comida, es mucha, la hicimos bastante rápido. Curtimos Coca y hasta tenemos miñón. Y viene la modorra: la vaga se me instala en Magnolia, yo me echo en la yacija, Ponge y puchos. Al ratito -venía sonando el de la Molas- me entreduermo: y ya tiene que estar el cuarteto de la vecina, al tope, atravesando todo. Pero me entreduermo y sueño con la realidad.
Cuando despierto, todavía la Mar está navegando. Cebo unos mates, logro, luego de insistir un poco, despegarla de la compu, al rato parte para el Paseo. Me quedo leyendo Ponge, no me echo (me volvería a dormir), ya voy por la 147. Nada, escribo: siento la brisa en la espalda, ventana que amo tanto tener abierta, el cuarteto caducó, la bellaquería y el ave se callaron ya. Momento de la tarde en que ésta (el sol) comienza a desprenderse de su función lumínica, calentriz; momento de sentir, es lógico, un aire más ameno.
Fumo. Días de nada pasar, de atento al texto, disfrutándolo. Días de las cosas sencillas, las que se quedan bien quietas, ahí: como mi cenicero vincular (por decirlo de algún modo), como el platito con la vela, apagada, del otro sábado, y espera. O como mis zapatos de Van Gogh, que uso sin cordones. Como que transparencia.
La Marce cae cuando justo se estaba yendo mi vieja. Viene con el djembito, viene con su flequillo elemental, viene trepando la cuesta, piensa en nada. Nos saludamos. Charlamos, cocinamos: está muerta de hambre. Si hasta se compró, en lo de Belén, $2,00 de aceituna, y la vaga subía por la vereda mascullando un carozo, que se quitó morosamente de la boca para saludar.
Y cocinamos: milanesas, ensalada Tejedor. Estamos chochos: no nos salió mala la comida, es mucha, la hicimos bastante rápido. Curtimos Coca y hasta tenemos miñón. Y viene la modorra: la vaga se me instala en Magnolia, yo me echo en la yacija, Ponge y puchos. Al ratito -venía sonando el de la Molas- me entreduermo: y ya tiene que estar el cuarteto de la vecina, al tope, atravesando todo. Pero me entreduermo y sueño con la realidad.
Cuando despierto, todavía la Mar está navegando. Cebo unos mates, logro, luego de insistir un poco, despegarla de la compu, al rato parte para el Paseo. Me quedo leyendo Ponge, no me echo (me volvería a dormir), ya voy por la 147. Nada, escribo: siento la brisa en la espalda, ventana que amo tanto tener abierta, el cuarteto caducó, la bellaquería y el ave se callaron ya. Momento de la tarde en que ésta (el sol) comienza a desprenderse de su función lumínica, calentriz; momento de sentir, es lógico, un aire más ameno.
Fumo. Días de nada pasar, de atento al texto, disfrutándolo. Días de las cosas sencillas, las que se quedan bien quietas, ahí: como mi cenicero vincular (por decirlo de algún modo), como el platito con la vela, apagada, del otro sábado, y espera. O como mis zapatos de Van Gogh, que uso sin cordones. Como que transparencia.
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Mí poka krédito
Leve dolor tortícolis incipiente hay que relajarse. Día no tan largo. Tomamos con la Mar una cervecita en la peato de la Ayacucho, después de que yo saliera de la Alianza. Antes, nos arrimamos un ratito a la Plaza de la Intendencia, donde había un recital varias bandas. Tanto hacía que no escuchaba música en vivo. Los bronces (tres saxos y una trompeta) leían sus arreglos de sendos atriles con partituras que el viento tiraba (¿y los broches, queridos? Hasta Fogwill los usa). La minita que cantaba, rubia linda, lo hacía bastante bien. Un poco de gente joven.
Pero no. ¿Sentarse en el cemento del suelo, no tener nada para tomar? La Mar quería quedarse un rato, yo tironeaba hacia cualquier bar. Así que transamos en una cuadra de distancia del recital. La Quilmes estaba más que aceptable. Declinamos las aceitunas a $8,00. ¿Teníamos plata? "Un poco", los dos. Siempre, y sólo: "un poco"...
Agustín me encontró una Antología de la Literatura Quebequesa. Tiene onda de manual de secundario, con mapitas, esquemas, cuestionarios, fotito de cada escritor. Una edición de papel lindísimo, en colores, qué envidia que me da. Compra asegurada: siempre tener Lengua y Literatura cuando tenés 15 ó 16, siempre tener que adquirir un manual, tentarse con el nuevo, con el recién horneadito, recién ordeñadito. Los chicos canadienses, la literatura "nacional": otro pasado, la misma cosa a odiar.
Por otra parte, también saqué un librito de Francis Ponge, prosa irónica, benévola o piadosa (no es esto lo que quiero decir), clara, y algún que otro poema. Lo tengo pensado leer dos o tres veces, en este par de semanas que viene, y no esquivarle al diccionario. Qué mierda que el traductor de Mars attaks (¿se escribía así?) no esté a disposición para abrevar de la literatura universal.
Pero salí a las seis y media de casa, y en realidad tenía clase a las seis. Y ya me estoy tomando un remis trucho en lo de los proveedores de droga del barrio (según murmura el vecindario). ¡E ir por Lima, con la demora que, a esa hora, la cosa implica!: total, le estaba vedado al vago ir por la 27. Y, en el recreo, me voy a fumar un pucho y luego voy al bar, y me hacen lugar las chicas-que-estudian-el-francés. La de al lado, que resulta llamarse Carolina, toma mi Ponge y lo hojea, y luego la Antología. Me entero que estudia gastronomía, y algo dice de que no se puede leer poesía en otro idioma, con lo que seguramente quería significar que no se la puede traducir. ¿Está nerviosa? ¿Se tilda en la vida? Conversamos un rato, mientras tomo de mi coquita, y ya el profe -¿tanto nos demoramos?- nos arrea.
Escucho algo de los IKV de Chaco que ahora propala la Pobre Johnny. Tomo mi mate, ya bastante lavado, fumo un pucho nuevo. Agregué a la lista de blogs de La lección un par de cosas locales, que me llegaron vía mail.
Pensar. Este post no ha alcanzado hondura en ningún momento, y un poco añoro esa búsqueda. Noción propia de fondo aceptable: algo que los lectores no tan necesariamente perciben, y sobre todo cuando el estilo, escribir, es máquina: uno es uno, y los propios textos son, sabés, el mismo.
La temporada idiota, al decir de Éluard. La tortícolis se acentúa: a la derecha.
Pero no. ¿Sentarse en el cemento del suelo, no tener nada para tomar? La Mar quería quedarse un rato, yo tironeaba hacia cualquier bar. Así que transamos en una cuadra de distancia del recital. La Quilmes estaba más que aceptable. Declinamos las aceitunas a $8,00. ¿Teníamos plata? "Un poco", los dos. Siempre, y sólo: "un poco"...
Agustín me encontró una Antología de la Literatura Quebequesa. Tiene onda de manual de secundario, con mapitas, esquemas, cuestionarios, fotito de cada escritor. Una edición de papel lindísimo, en colores, qué envidia que me da. Compra asegurada: siempre tener Lengua y Literatura cuando tenés 15 ó 16, siempre tener que adquirir un manual, tentarse con el nuevo, con el recién horneadito, recién ordeñadito. Los chicos canadienses, la literatura "nacional": otro pasado, la misma cosa a odiar.
Por otra parte, también saqué un librito de Francis Ponge, prosa irónica, benévola o piadosa (no es esto lo que quiero decir), clara, y algún que otro poema. Lo tengo pensado leer dos o tres veces, en este par de semanas que viene, y no esquivarle al diccionario. Qué mierda que el traductor de Mars attaks (¿se escribía así?) no esté a disposición para abrevar de la literatura universal.Pero salí a las seis y media de casa, y en realidad tenía clase a las seis. Y ya me estoy tomando un remis trucho en lo de los proveedores de droga del barrio (según murmura el vecindario). ¡E ir por Lima, con la demora que, a esa hora, la cosa implica!: total, le estaba vedado al vago ir por la 27. Y, en el recreo, me voy a fumar un pucho y luego voy al bar, y me hacen lugar las chicas-que-estudian-el-francés. La de al lado, que resulta llamarse Carolina, toma mi Ponge y lo hojea, y luego la Antología. Me entero que estudia gastronomía, y algo dice de que no se puede leer poesía en otro idioma, con lo que seguramente quería significar que no se la puede traducir. ¿Está nerviosa? ¿Se tilda en la vida? Conversamos un rato, mientras tomo de mi coquita, y ya el profe -¿tanto nos demoramos?- nos arrea.
Escucho algo de los IKV de Chaco que ahora propala la Pobre Johnny. Tomo mi mate, ya bastante lavado, fumo un pucho nuevo. Agregué a la lista de blogs de La lección un par de cosas locales, que me llegaron vía mail.
Pensar. Este post no ha alcanzado hondura en ningún momento, y un poco añoro esa búsqueda. Noción propia de fondo aceptable: algo que los lectores no tan necesariamente perciben, y sobre todo cuando el estilo, escribir, es máquina: uno es uno, y los propios textos son, sabés, el mismo.
La temporada idiota, al decir de Éluard. La tortícolis se acentúa: a la derecha.
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15/10/2009
Platita y sus demás
Cansado, no vacío, sí de palabras en la mente, no claridad febril sino como en piloto del hedón (que no del hedor), tomo mi cerveza de todas las nochecitas, noche ya, más de las once. Fumo mi merecido tabaco, y el humo se desprende dolidamente (volutas en evolución, en extinción), ya me saqué los zapatos y ahora estoy en medias -se rompieron las ojotas, ¡buaaa!-, siento en los pies el frío del piso, del aire, de la leve tensión de mis piernas, que no alcanzan a adquirir el grado absoluto de la relajación. Felisa se afila las garritas en la biblioteca vieja, luego parte. La vecina pone reggaeton (excelente, repetiré por algunos años todavía, para bailar), la luz cansina de esta habitación me muestra mi rapada sobre el teclado, sombra que miro con párpados a media asta, dejar pasar el tiempo. Aspiro, exhalo tabaco, y me dirijo a un nuevo párrafo.
Marchaban los del PO reclamando contra el cospelazo, que, de $1,50, vaya a saber a cuánto subirá. Porque una cosa es cierta: es necesario, elemental, que aumente. La práctica habitual, las presiones habituales, los tironeos y aflojes típicos de algo que se reitera regularmente en Córdoba. Y ahí va la batucada, con sus redoblantes marcando el paso y el avance, los guasos de los morteros, con un pañuelo a lo forajidos de la protesta, las pancartas, los cartelones de tela y letra -rojo y negro, lo exige la etiqueta-, avance que es serenamente vigilado por la cana, protesta que ha tomado por la 27 de Abril, en el sentido de los autos, claro está, y que me dejó sin colectivo, por un rato, para el psicólogo. Los pelos largos, la ropa, la que te ofrecía el periódico institucional, cuadro querido, cuadro despreciado por los automovilistas, no sé si habrá habido roña. Pero, que aumenta, aumenta.
Así, me pongo a esperar el E5 para Urca, chetura de mi analista (de lo que le voy sabiendo, y a efectos de un pronto entendimiento prontuarial: Jacques Lacan, Oscar Masotta, Germán García), que logra mantenerse con $30,00 por sesión. En lo que a mí respecta, claro. Ya había pasado la manifestación, ya circulaban algunos coches, y la espera. Y nada: a taxicear, goloso el taxista con esos $15,00, rápido va. Pasamos al lado de un comerciante que tiene apretándole a un pendejo la garganta con una mano, bien fuerte, y apurándolo, y miramos, y salta el vago: "pero torcele el cogote", sin signos de admiración siquiera, formulando la aplicación de la ley más vox populi de los taxistas. Callo.
Y después estoy de nuevo en el centro, de remera y hace frío, y voy a visitarla a la Ari. De ella sólo observaré que odia a su heladera porque le afecta la tele-expectación.
Juegan al fútbol, afuera. Chicos. Tomo mi cerveza y fumo. Porque esto que practico ahora es no ponerme en sináptico, cosa que de hoy en más haré a sabiendas. Crezca mi panza más aún, cultive mi alcoholismo, mi tabaquismo, y a no morir.
Marchaban los del PO reclamando contra el cospelazo, que, de $1,50, vaya a saber a cuánto subirá. Porque una cosa es cierta: es necesario, elemental, que aumente. La práctica habitual, las presiones habituales, los tironeos y aflojes típicos de algo que se reitera regularmente en Córdoba. Y ahí va la batucada, con sus redoblantes marcando el paso y el avance, los guasos de los morteros, con un pañuelo a lo forajidos de la protesta, las pancartas, los cartelones de tela y letra -rojo y negro, lo exige la etiqueta-, avance que es serenamente vigilado por la cana, protesta que ha tomado por la 27 de Abril, en el sentido de los autos, claro está, y que me dejó sin colectivo, por un rato, para el psicólogo. Los pelos largos, la ropa, la que te ofrecía el periódico institucional, cuadro querido, cuadro despreciado por los automovilistas, no sé si habrá habido roña. Pero, que aumenta, aumenta.
Así, me pongo a esperar el E5 para Urca, chetura de mi analista (de lo que le voy sabiendo, y a efectos de un pronto entendimiento prontuarial: Jacques Lacan, Oscar Masotta, Germán García), que logra mantenerse con $30,00 por sesión. En lo que a mí respecta, claro. Ya había pasado la manifestación, ya circulaban algunos coches, y la espera. Y nada: a taxicear, goloso el taxista con esos $15,00, rápido va. Pasamos al lado de un comerciante que tiene apretándole a un pendejo la garganta con una mano, bien fuerte, y apurándolo, y miramos, y salta el vago: "pero torcele el cogote", sin signos de admiración siquiera, formulando la aplicación de la ley más vox populi de los taxistas. Callo.
Y después estoy de nuevo en el centro, de remera y hace frío, y voy a visitarla a la Ari. De ella sólo observaré que odia a su heladera porque le afecta la tele-expectación.
Juegan al fútbol, afuera. Chicos. Tomo mi cerveza y fumo. Porque esto que practico ahora es no ponerme en sináptico, cosa que de hoy en más haré a sabiendas. Crezca mi panza más aún, cultive mi alcoholismo, mi tabaquismo, y a no morir.
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